043 : Cuentos Fantásticos de Japón.

Sin múcho que decir, en esta sección iremos incorporando poco a poco "Cuentos Fantásticos de Japón", cuentos que en su mayoría están relacionados con el más allá, la reencarnación, el karma y algunos insectos (Recopilación de Lefcaido Hearn - 1904).

耳なし芳一 (Mimi-nashi Hōichi)




Hace más de setecientos años, en Danno-ura, en las gargantas del Shimonoseki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heike (clan Taira) y los Gengi (clan Minamoto). Allí fueron exterminados completamente los Heike, con sus mujeres, sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennō. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados. En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla.
En otra época, los Heike ignoraban el sosiego mucho más que ahora. Por las noches, se subían a las naves que cruzaban sus dominios e intentaban hundirlas; y jamás dejaban de acechar a los nadadores para arrastrarlos consigo. Para aplacar a esos muertos se construyó el templo budista, Amidaji, en Akamagaseki. Junto a él, cerca de la playa, se levantó un cementerio, poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí realizábanse regularmente ceremonias budistas consagradas a esos espíritus. Edificado el templo, erigidas las tumbas, los Heike ya no inquietaron a los vivos con tanta frecuencia; mas no cesaron, ocasionalmente, de hacer cosas raras, que demostraban que aún no habían hallado la paz perfecta.
Hace algunos siglos vivía en Akamagaseki un ciego llamado Hōichi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución del biwa. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hōshi profesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heike y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura «ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas».
En los inicios de su carrera, Hōichi era muy pobre; pero encontró un buen amigo que le brindó su ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hōichi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se instalara en el templo, oferta que aceptó con gratitud. Una habitación del templo fue destinada a Hōichi, quien, a cambio de comida y alojamiento, no debía sino deleitar al sacerdote con su música ciertas noches que no tuviera otros compromisos.
Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar un servicio budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito, y Hōichi quedó solo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había ante su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte de atrás del Amidaji. En ese lugar, Hōichi aguardó el regreso del sacerdote, e intentó distraer la soledad mediante la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como aún reinaba una atmósfera demasiado sofocante como para entrar, Hōichi optó por quedarse afuera. Al fin escuchó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él… pero no era el sacerdote. Una voz hueca pronunció el nombre del ciego, con el modo abrupto y descortés con que un samurái se dirige a un subalterno:
—¡Hōichi!
Hōichi, harto sorprendido, no supo responder al instante; y la voz lo llamó una vez más, en tono áspero y perentorio:
—¡Hōichi!
¡Hai! —respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador—. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!
—No hay nada que temer —exclamó el desconocido con voz más mesurada—. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaseki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tu biwa y me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.
En aquellos tiempos, difícilmente se hacía caso omiso a las órdenes de un samurái. Hōichi se calzó las sandalias, tomó su biwa y se fue en pos del desconocido, quien lo guió con destreza aunque obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de hierro, y el rechinar de sus pasos mostraba que estaba completamente armado… quizá fuera un centinela de palacio. El temor de Hōichi se disipó: comenzó a sospechar que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un «hombre de altísimo rango», pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyō de la clase superior. El samurái no tardó en detenerse; y Hōichi advirtió que habían llegado ante un amplio portal… lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.
¡Kaimon! —gritó el sirviente. Hubo un chirrido metálico y ambos siguieron adelante. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.
—¡Acercaos! —gritó el samurái—.
Traigo a Hōichi.
Entonces se sucedieron los pasos apresurados, el susurro de las mamparas, el rumor de las puertas correderas y el murmullo de las voces femeninas. Por el modo de hablar de las mujeres, Hōichi advirtió que integraban la corte de algún señor de alcurnia, mas no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo para cavilar al respecto. Una vez que alguien lo ayudó a ascender por varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar las sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y resbaladizos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó por pisos de esterilla cuya superficie era asombrosa por la amplitud, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda era semejante al sonido de las hojas de un bosque. También escuchó un denso murmullo de voces que hablaban en tono muy bajo, cuyo lenguaje era el lenguaje de las cortes.
Dijéronle a Hōichi que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón. En cuanto se colocó y afinó su instrumento, la voz de una mujer —quien, según imaginó Hōichi, sería la Rōjo, o matrona al cargo del personal femenino— se dirigió a él con estas palabras:
—Recítanos ahora la historia de los Heike, acompañándote con tu biwa.
Declamar todo el poema habría requerido muchas noches; Hōichi, por lo tanto, se aventuró a preguntar:
—Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que le recite?
La voz de la mujer respondió:
—Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que se destaca por su piedad.
Entonces Hōichi elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, escuchaba voces elogiosas que murmuraban:
—¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hōichi!
Esto le infundió nuevos ánimos, y tocó y cantó aún mejor que antes; y le respondió un profundo susurro de asombro. Mas cuando al fin llegó al adverso destino de los hermosos y los débiles, al estremecedor exterminio de los niños y las mujeres, y al salto de muerte de Nii-no-Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concurrentes profirieron un grito prolongado, unánime y conmovedor, al que siguieron gemidos y sollozos tan fuertes y feroces que el ciego sintió temor ante la violencia de la pena que había suscitado, pues llantos y gemidos continuaron durante largo rato. Pero gradualmente se fueron desvaneciendo las lamentaciones; y una vez más, en el hondo silencio que imperó a continuación, Hōichi escuchó la voz de la mujer que, según él creía, era la Rōjo.
Ésta le dijo:
—Aunque nos habían asegurado que eras muy diestro en la ejecución del biwa, y que tu modo de cantar no resistía comparación, ignorábamos que alguien pudiera demostrar tanta destreza como la que esta noche nos has revelado. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Más desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que continúe su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue en tu busca irá a por ti… Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaseki. Como él viaja de incógnito, es su voluntad que nadie se entere de lo que ocurre… Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.
Después que Hōichi hubo expresado su debida gratitud, la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde el mismo samurái que lo había traído lo aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y allí se despidió de él.
Hōichi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia, pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, lo supuso dormido. Hōichi pudo descansar durante el día, y no hizo ningún comentario sobre su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurái volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hōichi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, accidentalmente descubrieron su ausencia en el templo; y cuando regresó al amanecer el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en un tono de afable reconvención:
Nos has causado gran ansiedad, amigo Hōichi. Salir, a ciegas y a solas, a horas tan avanzadas, es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición. ¿Y dónde has estado?
—¡Perdonadme, querido amigo! —respondió evasivamente Hōichi—. Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.
La reticencia de Hōichi asombró al sacerdote antes de mortificarlo: esa actitud le pareció poco natural y despertó su suspicacia. Temió que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No formuló más preguntas, pero privadamente impartió instrucciones a los servidores del templo para que vigilaran los movimientos de Hōichi y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.
A la noche siguiente observaron que Hōichi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar al camino, Hōichi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez… un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues el camino estaba en pésimas condiciones. Los hombres se apresuraron a internarse en las calles y a preguntar en todas las casas que Hōichi solía frecuentar; sin embargo, nadie lo había visto. Finalmente, mientras regresaban al templo por el camino de la costa, los sorprendió el sonido de un biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos fuegos fatuos —habituales en ese lugar en las noches tenebrosas—, no había en esa dirección sino espesas penumbras. Pero los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hōichi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennō, tocando el biwa y entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación de Oni-bi.
—¡Hōichi San! ¡Hōichi San! —gritaron los sirvientes—. ¡Estás embrujado! ¡Hōichi San!
Pero el ciego no parecía oírlos. Esforzábase en reproducir con el biwa rasgueos, crujidos y clamores, y su voz se enardecía al cantar la batalla de Danno-ura. Lo aferraron y gritáronle al oído.
—¡Hōichi San! ¡Hōichi San! ¡Acompáñanos en el acto!
Él les dirigió un severo reproche:
Interrumpirme de este modo, ante tan augusta asamblea, es por cierto intolerable.
Ante lo cual, pese a lo siniestro de la circunstancia, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hōichi estaba embrujado, lo apresaron, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde en el acto lo despojaron de sus ropas húmedas, a instancias del sacerdote, lo cubrieron con otra vestimenta y le ofrecieron comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.
Hōichi vaciló durante largo rato. Pero al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues, todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurái.
Díjole el sacerdote:
—¡Hōichi, mi pobre amigo, estás en gran peligro! ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes! Tu maravillosa destreza musical te ha metido, por cierto, en extraños problemas. Es hora de que sepas que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas de los Heike; y ante el monumento que evoca la memoria de Antoku Tennō esta noche te halló nuestra gente, sentado bajo la lluvia. Cuanto has experimentado no fue sino una ilusión… salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán pedazos. De todos modos, te hubiesen destruido, tarde o temprano… Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.
Antes del crepúsculo, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hōichi; entonces, con sus pinceles, le trazaron sobre el pecho y la espalda, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies —y aun sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo—, el texto del sûtra sagrado que denominan «Hannya-Shin-Kyō». Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hōichi de este modo:
Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán. Pero, pase lo que pase, no respondas y no hagas movimiento alguno. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves, o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes; y ni sueñes con pedir ayuda… pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como te digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.
En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo; y Hōichi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una actitud meditativa, y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.
Al fin escuchó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda, y se interrumpieron, justo frente a él.
—¡Hōichi! —llamó la voz hueca.
Pero el ciego contuvo el aliento y mantuvo su rigidez.
—¡Hōichi! —repitió ásperamente la voz.
Y luego, por tercera vez, con ferocidad:
—¡Hōichi!
Hōichi permaneció inerte como una piedra. La voz gruñó:
—¡Nadie responde! ¡No importa…!
Lo buscaré…
Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Lentamente, los pies se acercaron y se detuvieron ante Hōichi. Hubo un largo intervalo de ominoso silencio, durante el cual Hōichi sintió que todo su cuerpo se estremecía al ritmo acelerado de su corazón.
Al fin la voz ronca murmuró junto a él:
—Aquí está la biwa; pero de quien lo toca sólo veo… ¡Un par de orejas…!
Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder… de él no quedan sino las orejas… Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible…
En ese instante, Hōichi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por la carretera, y dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso; pero no se atrevía a levantar las manos.
El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre. Entonces vio a Hōichi, sentado, en actitud meditativa, mientras de sus heridas aún fluía la sangre.
—¡Mi pobre Hōichi! —exclamó el sacerdote, perplejo—. ¿Qué es esto…? ¿Te han herido…?
Al escuchar la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar, y en medio de sus lágrimas refirió su aventura nocturna.
—¡Pobre, pobre Hōichi! —exclamó el sacerdote—. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa…! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados… ¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error por mi parte no haberme fijado si lo había hecho… Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora… ¡Alégrate, amigo mío! Ha terminado el peligro. Jamás volverán a perturbarte esos visitantes.
Gracias a la asistencia de un buen médico, Hōichi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por todas partes y lo hizo famoso. Muchos nobles acudían a Akamagaseki para gozar de su arte; y Hōichi recibió pródigas ofrendas en dinero, que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde que ocurrió su aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de «Mimi-nashi-Hōichi»: Hōichi el Desorejado.
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おしどり (Oshidori)




Había un cazador y halconero llamado Sonjō, que vivía en el distrito de Tamura, provincia de Mutsu. Un día salió de caza y no descubrió presa alguna. Pero en el camino de regreso, en un sitio llamado Akanuma, Sonjō vio un par de oshidori (patos considerados emblemas de afecto conyugal) que nadaban juntos en un río que él estaba a punto de cruzar. No está bien matar oshidori, pero Sonjō, acosado por el hambre, decidió dispararles. Su dardo atravesó al macho; la hembra se deslizó entre los juncos de la orilla opuesta y desapareció. Sonjō se apoderó del ave muerta, la llevó a casa y la cocinó.
Esa noche tuvo un sueño perturbador. Creyó ver una hermosa mujer que entraba en su cuarto, se erguía junto a su almohada y se echaba a llorar. El llanto era tan amargo que, al escucharlo, el corazón de Sonjō parecía desgarrarse. Y la mujer le dijo: «¿Por qué? ¿Por qué lo mataste? ¿Qué mal te había hecho…? ¡Éramos tan felices en Akanuma… y tú lo mataste! ¿Qué daño te causó? ¿Te das cuenta siquiera de lo que has hecho? ¡Oh! ¿Te das cuenta del acto perverso y cruel que has perpetrado…? También me diste muerte a mí, pues no podré vivir sin mi esposo… Sólo vine para decirte esto».
Y una vez más se echó a llorar en voz alta, con tal amargura que el sonido de su llanto penetró en los mismos tuétanos del cazador; y luego sollozó las palabras de este poema:

  • ひくくれば
  • さそえしものを…
  • あかぬまの
  • まこものくれの
  • ひとりーねぞうき!

  • Hi kukureba
  • Sasoeshi mono wo…
  • Akanuma no
  • Makomo no kure no
  • Hitori-ne zo uki!

  • ¡Al llegar el crepúsculo
  • lo invité a regresar junto a mí!
  • Ahora, dormir sola a la sombra
  • de los juncos de Akanuma…
  • ¡ah!, ¡qué inefable desdicha!

Y luego de proferir estos versos exclamó: «Ah, no te das cuenta… ¡no puedes darte cuenta de lo que has hecho! Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…». Y con estas palabras, estremecida por el llanto, se alejó.
Al despertar por la mañana, Sonjō recordaba el sueño con tal vividez que sintió una profunda consternación. Evocó estas palabras: «Pero mañana, cuando vayas a Akanuma, ya verás… ya verás…». Y resolvió ir allí en el acto, para averiguar si su sueño esa algo más que un sueño.
Se dirigió entonces a Akanuma; al llegar junto a la margen del río, vio a la oshidori hembra, que nadaba a solas. En el mismo instante, el ave advirtió la presencia de Sonjō: pero, en lugar de darse a la fuga, nadó derecho hacia él, clavándole una mirada extraña y tenaz. Entonces, con el pico, súbitamente se desgarró el cuerpo y murió ante los ojos del cazador.
Sonjō se rasuró la cabeza y se hizo sacerdote.
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姥桜 (Ubazakura)




Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Osengōri, provincia de Iyō, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito, y el muraosa, o jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la divinidad Fudō Myō ō, que tenía un famoso templo, llamado Saihōji, en Asamimura.
Sus plegarias no fueron desoídas: la mujer de Tokubei dio a luz una hija. La niña era muy bonita, y recibió el nombre de O-Tsuyu. Como la leche de la madre era deficiente, tomaron una nodriza, llamada O-Sode, para alimentar a la pequeña.
O-Tsuyu, con el tiempo, se transformó en una hermosa muchacha; pero a los quince años cayó enferma y los médicos juzgaron irremediable su muerte. La nodriza O-Sode, quien amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo de Saihōji y fervorosamente le rogó a Fudō-Sama por la salud de la niña. Todos los días, durante quince días, acudió al templo y oró; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recobró súbita y totalmente.
Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei; y éste ofreció una fiesta a los amigos para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta O-Sode cayó súbitamente enferma; y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.
Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:
—Es hora de que les diga algo que ignoran. Mi plegaria ha sido escuchada. Solicité a Fudō-Sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu; y este gran favor me ha sido otorgado. Por tanto, no deben deplorar mi muerte… Pero quiero pedirles algo. Le prometí a Fudō-Sama que haría plantar un cerezo en el jardín de Saihōji, en señal de gratitud y conmemoración. Ahora no podré plantarlo con mis propias manos: les ruego, pues, que lo hagan por mí… Adiós, amigos míos; y recuerden que me alegró morir por O-Tsuyu.
Después de los funerales de O-Sode, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo —el mejor que pudieron encontrar— en el jardín de Saihōji. El árbol creció y floreció; y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente —el aniversario de la muerte de O-Sode— se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años —siempre el día decimosexto del mes segundo—; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino, y parecían rezumar leche. Y la gente los llamó Ubazakura, el Cerezo de la Nodriza.
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食人鬼 (Jikininki)




Una vez, Musō Kokushi, sacerdote de la secta zen que viajaba solo por la provincia de Mino, se perdió en una comarca montañosa donde no había nadie que lo guiara. Erró sin rumbo durante largo tiempo; y ya desesperaba de hallar refugio durante la noche, cuando vislumbró, en lo alto de una colina iluminada por los últimos rayos del sol, una de esas pequeñas ermitas llamadas anjitsu, que suelen construir los monjes solitarios. Aunque parecía estar derruida, Musō se apresuró a acercarse a ella; descubrió que la habitaba un anciano monje, a quien rogó que le concediera alojamiento por esa noche. El anciano rehusó con hosquedad, pero le indicó a Musō la situación de una aldea, en un valle próximo, donde hallaría alojamiento y comida.
Musō se encaminó hacia la aldea, compuesta por menos de una docena de granjas; el jefe demla aldea lo recibió en su casa con suma afabilidad. A la llegada de Musō había cuarenta o cincuenta personas reunidas en el aposento principal; a él lo guiaron hasta un cuarto pequeño y apartado, donde pronto le ofrecieron cama y alimento. Vencido por la fatiga, Musō se acostó muy temprano; pero poco antes de medianoche su sueño se vio interrumpido por un llanto que provenía del aposento contiguo. Deslizó entonces las puertas correderas; y un joven, que llevaba una lámpara encendida, entró al cuarto, lo saludó con una reverencia y le dijo:
—Venerable señor, es mi penoso deber informar que ahora soy el responsable de esta casa. Ayer no era sino el hijo mayor. Pero cuando llegaste aquí, vencido por la fatiga, no queríamos incomodarlo de ningún modo: no le anunciamos, pues, que mi padre había muerto hacía apenas unas horas. Aquellos a quienes vió reunidos en el aposento contiguo son los habitantes de esta aldea; se han congregado aquí para rendirle al muerto un póstumo homenaje; y pronto se marcharán a otra aldea que dista tres millas de aquí, pues nuestra costumbre nos prohíbe permanecer en la aldea la noche que sucede a la muerte de alguien. Hacemos nuestras ofrendas, elevamos nuestras plegarias, y luego nos retiramos, dejando solo al cadáver. En la casa donde queda el cadáver suelen suceder cosas extrañas: pensamos, pues, que sería mejor que nos acompañases. En la otra aldea hallaréis buen alojamiento. Aunque, quizá, siendo un sacerdote, no temes a los demonios y a los espíritus malignos; y, si no lo inquieta quedarse solo con el muerto, es bienvenido a nuestro humilde hogar. No obstante, debo advertirle que nadie, salvo un sacerdote, se atrevería a pernoctar aquí.
Musō respondió:
—Vuestras cordiales intenciones, así como vuestra generosa hospitalidad, merecen mi más profunda gratitud. Pero lamento que no me hubieses anunciado la muerte de vuestro padre en cuanto llegué, pues, aunque estaba algo fatigado, hubiese logrado cumplir con mis deberes sacerdotales. Si me lo hubieses dicho, habría administrado el servicio antes de que todos partieran. Así las cosas, lo administraré una vez que se retiren, y permaneceré con el cuerpo hasta la mañana. Ignoro a qué se refiere al mencionar el peligro que entraña quedarse aquí a solas; pero no temo a demonios ni espectros: le ruego, por tanto, que no albergue temor alguno por mi persona.
Estas declaraciones parecieron regocijar al joven, quien manifestó su gratitud con las palabras pertinentes. Después, los otros miembros de la familia así como los aldeanos reunidos en el aposento contiguo, enterados de las promesas del sacerdote, acudieron a darle las gracias, y luego dijo el dueño de casa:
—Ahora, venerable señor, aunque mucho deploremos dejarlo a solas, debemos despedirnos. Las normas de nuestra aldea nos impiden quedarnos aquí después de medianoche. Le imploramos, amable señor, que en todo punto cuide de vuestro honorable cuerpo mientras no estemos aquí para servirle. Y si acaso oyerse o escucharse algo extraño durante nuestra ausencia, no olvide referírnoslo cuando regresemos por la mañana.
Todos dejaron la casa salvo el sacerdote, quien se dirigió al aposento donde yacía el cadáver. Habían depositado ante éste las habituales ofrendas; ardía un tōmyō (una pequeña lámpara budista). El sacerdote recitó las correspondientes plegarias, ejecutó las ceremonias fúnebres, y entró luego en profunda meditación. Así permaneció durante varias horas; ni un sonido alteró la paz de la aldea desierta. Pero en lo más hondo de la nocturna quietud, una forma, vaga y de gran tamaño, entró sigilosamente; y en ese mismo instante Musō se vio privado del habla y el movimiento. Vio que la forma se apoderaba del cadáver, como si tuviera manos, y lo devoraba con más rapidez que un gato al comer una rata; comenzó por la cabeza y luego prosiguió por partes: el pelo, los huesos y aun el sudario. Y esa criatura monstruosa, tras consumir el cadáver, se volvió hacia las ofrendas y también las devoró. Luego se fue tan misteriosamente como había venido.
Los aldeanos, al regresar por la mañana, hallaron al sacerdote ante las puertas de la casa. Todos lo saludaron; y al entrar y mirar en torno, nadie expresó sorpresa alguna ante la desaparición del cadáver y las ofrendas. Pero el dueño de la casa le dijo a Musō:
—Venerable señor, acaso ha visto cosas desagradables durante vuestra estancia: temimos todos por usted. Pero ahora nos place encontrarlo sano y salvo. De buena gana nos habríamos quedado, de haber sido posible. Pero las leyes de nuestra aldea, según le informé anoche, nos ordenan abandonar las casas después de un fallecimiento y dejar el cadáver a solas. Cada vez que se infringió esta ley, sobrevino una enorme desgracia. Cada vez que se la obedece, hallamos que el cadáver y las ofrendas desaparecen durante nuestra ausencia. Acaso ha visto la causa.
Entonces Musō le habló de la forma tenue y horrible que había entrado en la cámara mortuoria para devorar el cuerpo y las ofrendas. A nadie pareció sorprender esta narración; y el dueño de la casa señaló:
—Lo que nos acabas de referir, venerable señor, coincide con cuanto se ha dicho al respecto desde tiempos antiguos.
Musō entonces preguntó:
—¿El monje de la colina no suele realizar los servicios fúnebres para vuestros muertos?
—¿Qué monje? —preguntó el joven.
—El monje que ayer por la noche me indicó esta aldea —responció Musō—. Llegué hasta su anjitsu, que está en la colina. Rehusó alojarme, pero me dijo cómo llegar aquí.
Todos se miraron entre sí con expresión atónita; y, tras un instante de silencio, el dueño de la casa declaró:
—Venerable señor, en la colina no hay monje ni anjitsu alguno. Hace muchas generaciones que ningún monje reside en esta comarca.
Musō no dijo nada más al respecto, pues era evidente que sus amables anfitriones lo juzgaban víctima de alguna ilusión sobrenatural. Pero en cuanto se despidió, no sin procurarse la información necesaria para proseguir su camino, decidió buscar la ermita de la colina para confirmar si había sufrido o no un engaño. Halló el anjitsu sin dificultad; y esta vez el anciano lo invitó a acompañarlo. En cuanto Musō entró, el eremita hizo una humilde reverencia y exclamó:
—¡Ah! ¡Vergüenza de mí…! ¡Gran vergüenza sobre mí…! ¡Terrible vergüenza sobre mí!
—No debes avergonzarte por haberme negado alojamiento —dijo Musō—. Me indicaste la aldea vecina, donde fui recibido con suma amabilidad; y le agradezco ese favor.
—A nadie puedo ofrecer alojamiento —respondió el recluso—, y no es mi negación lo que me avergüenza. Me avergüenza que me hubieras visto en mi verdadera forma… pues fui yo quien devoró el cadáver y las ofrendas ante vuestros propios ojos… Sepa, venerable señor, que soy un jikininki, un devorador de carne humana. Compadézcase y permitame confesar la secreta falta que me redujo a esta condición.
«Hace mucho, mucho tiempo, yo era sacerdote en esta desolada región. No había otro sacerdote en leguas a la redonda. De modo que, en esa época, los montañeses solían traer aquí los cuerpos de los que habían muerto (a veces desde parajes distantes) para que yo cumpliera con los servicios sagrados. Pero yo no cumplía estos servicios y no realizaba los ritos sino por afán de lucro; sólo pensaba en la comida y las vestimentas que podía obtener mediante mi sacra profesión. Y a causa de este impío egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, como jikininki. Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la gente que muere en esta comarca: a todos debo devorarlos del modo que anoche presenciaste… Ahora, venerable señor, le ruego que realice un sacrificio Segaki para mí: ayudeme mediante vuestras plegarias, se lo imploro, para que no tarde en liberarme de esta espantosa existencia…».
En cuanto hizo esta solicitud desapareció; y también desapareció la ermita, en el mismo instante. Y Musō Kokushi se halló a solas, de rodillas en el pastizal, junto a un sepulcro antiguo y enmohecido, con la forma que llaman go-rin-ishi, que parecía ser la tumba de un sacerdote.
Nota: Go-rin-ishi es un monumento funerario que consiste en cinco partes superpuestas, que simbolizan los cinco elementos místicos: el Éter, el Aire, el Fuego, el Agua y la Tierra.
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貉 (Mujina)




En el camino de Akasaka, en Tokyo, hay una cuesta llamada 紀伊国坂 (Kinokunizaka). A un lado de la cuesta hay un antiguo foso, muy profundo y muy ancho, cuyas verdes orillas se elevan hasta una zona de jardines; y al otro lado del camino se extienden las largas e imponentes murallas de un palacio imperial. Antes de la época de los faroles callejeros y las jinrikishas, este paraje era muy solitario durante la noche; y los peatones que viajaban a horas tardías preferían desviarse varias millas antes de ascender el Kinokunizaka a solas, después del crepúsculo.
Todo a causa de una Mujina que solía pasearse por el lugar.
El último hombre que vio a la Mujina fue un viejo mercader del barrio Kyōbashi, muerto hace treinta años. Ésta es la historia tal como él la refirió:
Una noche, a horas tardías, el mercader ascendía el Kinokunizaka, cuando vio a una mujer en cuclillas junto al foso; estaba sola y lloraba con amargura. Temiendo que la mujer quisiera ahogarse, él se detuvo para ofrecerle cuanta ayuda o consuelo estuviera en sus manos. Ella vestía con elegancia, y tenía un aspecto delicado y ligero; llevaba el cabello peinado como el de una joven de buena familia.
Ō jochū —exclamó el mercader, acercándose—, Ō jochū, no lloréis de ese modo… dígame qué la aqueja, y si hay algún modo de ayudarla, yo me ofreceré gustoso.
(El mercader era sincero en sus palabras, pues era hombre de buen corazón). Pero ella continuó llorando y ocultaba el rostro en una de sus amplias mangas.
Ō jochū —repitió el mercader con dulzura—, le ruego que me escuche. Este lugar, a estas horas, no conviene a una dama. ¡No llore, se lo imploro! ¡Sólo dígame cómo puedo ayudarla!
Ella se incorporó con lentitud, pero le volvió la espalda y prosiguió con sus gemidos y sollozos. Él le puso la mano sobre el hombro, rogándole:
—¡Ō jochū! ¡Ō jochū! ¡Ō jochū!
Entonces la Ō jochū se volvió, apartó la manga y se golpeó la cara con la mano; y el hombre vio que en ese rostro no había ojos ni boca ni nariz… y se alejó con un alarido.
Subió por el Kinokunizaka, corriendo sin cesar, cercado por la desierta tiniebla. Corría sin atreverse a mirar atrás; y al fin vio una luz, tan distante que parecía el destello de una luciérnaga; se dirigió hacia ella. No era sino el farol de un vendedor ambulante de soba, quien había acampado junto al camino; pero cualquier luz y cualquier compañía humana era bienvenida después de semejante experiencia; y el mercader se arrojó a los pies del vendedor de soba, sin dejar de gemir.
—¡Kore! ¡Kore! —exclamó el vendedor—. ¡Basta! ¿Qué le ocurre? ¿Alguien le atacó?
—No… nadie me atacó —jadeó el otro—… sólo que… ¡Ah! ¡Ah!
—¿Sólo lo asustaron? —preguntó el vendedor con brusquedad—. ¿Salteadores?
—No, salteadores no, salteadores no —musitó el aterrado mercader—. Vi… vi una mujer… junto a la fosa… y me mostró… ¡Ah!, no puedo decirle lo que me mostró…
—¡Eh! ¿Era algo parecido a esto lo que le mostró? —gritó el vendedor de soba, golpeándose la cara. Ésta se transformó en un Huevo. Y, simultáneamente, se apagó la luz.
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